
La quietud de nuestros heroicos músculos, todos al servicio de nosotros mismos, en el cómplice recoveco en el que nos transamos para no prender tanto la estufa, y por que no decirlo, el acostumbramiento a ser el molde tuyo o la cavidad de tu original, sin contar los otros muchos beneficios en los que me encuentro, al casi ya un año de los inicios. Nada que ver y todo a la vez de este mal momento que nos atesora el destino, la historia vivida como si fuéramos de acero, como si la dictadura nos hubiese preparado para algo y no fuese en si el trauma post, ya vamos viendo que desde el suelo no nos podemos parar sin que nos sigan lloviendo patadas a la inconciencia. Estamos todos parados aquí, todos sobre esta isla llamada planeta tierra. Y no se que hacer, no se que decir, en la pena interna de estar feliz por ti y la mierda vivida en el aprendizaje interno y cotidiano de la misma sangre, dice el Moncho: por qué parece que se puede.
Y no, no es posible lograrlo, cuando el fracaso viene con denominación de origen, cuando aprendemos a levantarnos, que eso es lo que hacemos, cuando las noches se llenan de imágenes que nos atormentan, como levantarse para ir a la habitación del lado, y esa queda en otra dirección, cuando los llantos de la enfermedad solo te llegan de urgencia, cuando las tareas se vuelven amargas y solo una situación esporádica al diario vivir, no compañero, no soy la demostración de que se pueda, solo una muestra a penas representativa de que se resiste, como lo hemos hecho durante años, décadas, siglos de dominación.
PLANETA SUDAKA, la pena circula, y por lo menos ellas hacen que no se estanque.