
En realidad los constantes códigos de que algo se debe hacer con la realidad, de los vínculos logrados a partir del camarín grato de la convivencia ricotera, la que se asemeja, la que se acerca a los encuentros vividos en pasajes de cajas, el liar de pitos verdes, la pinza cuma de labio humedecido y por fin el milagro ahí, en medio de la noche oscura de las quebradas encontradas después de la operación, o en la complicidad calladita de compartir (con hada incluida), los sueños y milagros necesarios para poder vivirlos. ¿Recuerdas?, solo ayer en esta gran masacre del puticlub, ese eterno Valparaíso quebrado el día que en este país los milicos golpearon al pueblo.
Si, hablo de la Susan, del Redo, del Neco, de la Hada. De la Sayo. De las noches en demás para comportarnos a la altura de las perdidas circunstancias, cuando hemos venido preparando el retorno a la democracia al son de los pitillos y el vino negro que envenena nuestros corazones, para quedarnos dormidos miles de años hasta que un príncipe encantado soluciones nuestra falta de oportunidad.
Pero también hablo del sábado pasado en la cárcel (que algunos llaman ex), y de los rostros de muchos de los que sobrevivimos y que, claro está, autoreferenciamos los muertos ya que no están, porque ni siquiera banderas de lucha son, y acarreamos barreras divisorias para controlar nuestros cuerpos, y nos abrazamos desnudos, estúpidos, vergonzosos, pero con las manos limpias (hay excepciones).
Del triste funcionario policial-productor, ya habrá tiempo de hablar.
Buenas noches






















